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Entre dos inviernos: el largo camino de regreso a la escuela

El año de dos regresos

Por Sidonie Morel

El orden del año

Otoño de vuelta al pueblo, primavera de vuelta al internado

En algunas zonas del Himalaya occidental, donde el invierno cierra las carreteras durante semanas, el curso escolar se organiza en torno a dos viajes largos. Antes de que el invierno se aferre con fuerza, los niños regresan desde el internado a su aldea natal. Cuando llega la primavera y la ruta vuelve a ser utilizable, viajan desde el pueblo de regreso al internado para comenzar el siguiente tramo de escolarización. El movimiento ocurre dos veces al año, y la dirección importa.

Conviene nombrar la secuencia con claridad, porque el paisaje puede confundir al lector si se introduce demasiado pronto. Primero llega el regreso de otoño: del internado al pueblo, programado antes de que la nieve intensa, el hielo y los desprendimientos de rocas vuelvan el viaje poco fiable. Después llega el invierno en el pueblo: trabajo doméstico, cuidado del ganado, gestión del agua, gestión del combustible y los pequeños recorridos diarios que aún se mantienen. Por último llega la salida de primavera: del pueblo al internado, cuando la superficie del río, las orillas y los senderos vuelven a ser transitables para un cruce sostenido.

La gente habla de este ritmo sin ceremonia. No se describe como una aventura. Se describe como la exigencia práctica de enviar a los niños a un internado en un lugar donde las carreteras desaparecen durante una estación. Los viajes existen porque el calendario escolar es fijo, mientras que el terreno cambia. Las familias resuelven ese desajuste con tiempo, preparación y rutas que no se elegirían en ningún otro mes del año.

El regreso de otoño

Salir de la escuela antes de que el valle se cierre

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El viaje de otoño es el regreso al pueblo. Ocurre cuando todavía hay suficiente luz diurna y cuando las superficies siguen siendo previsibles: senderos de tierra, pistas pedregosas y tramos de carretera que pueden estar en mal estado, pero aún no están sellados por el hielo. Hay urgencia en el calendario, pero no se expresa como pánico. Se expresa como una lista de comprobación. La ropa de cama del niño vuelve a casa. La ropa regresa para ser reparada. Los libros regresan para guardarse con seguridad. El hogar cuenta lo que necesitará durante los meses de invierno y se asegura de que el niño esté presente para el trabajo que no puede delegarse.

En el internado, hay rutinas que parecen corrientes—hacer una mochila, enrollar una manta, atar un bulto—pero el peso y el propósito son distintos. La bolsa se prepara para una estación lejos de la escuela. Objetos que en una ciudad son pequeños aquí se vuelven esenciales: calcetines de repuesto, una linterna, un recipiente que no se agriete, un cuchillo que pueda cortar cuerda o pan, una funda que proteja los cuadernos de la humedad. Nada es decorativo. Todo tiene un uso.

Cuando el niño llega al pueblo, la llegada no se escenifica como un regreso al hogar. Se vuelve visible a través de las tareas. Un par de manos vuelve a la economía doméstica. Otra persona ya no tiene que cargar sola con ese peso. Si hay animales, el niño asume un papel en alimentar, revisar y limpiar. Si hay combustible que almacenar, el niño asume un papel en moverlo, apilarlo y protegerlo de la humedad. Termina el trimestre escolar, pero el año no se detiene. El trabajo simplemente cambia de lugar.

Invierno en el pueblo

Rutas cortas, habitaciones fijas y contabilidad diaria

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El invierno reduce el movimiento. Los caminos se encogen hasta lo cercano y necesario: la puerta hacia el corral, el patio hasta la leñera, el rincón donde se despeja la nieve, el punto donde aún se puede acceder al agua. El día se construye alrededor de la luz, porque la luz determina las horas más seguras para salir y las horas en que las superficies son más estables. Un lugar que es seguro por la mañana puede estar resbaladizo por la tarde. Un ventisquero poco profundo puede ocultar hielo duro. Una pendiente fácil puede convertirse en un deslizadero cuando el viento la pule.

El trabajo en el interior se convierte en el núcleo del día: el grano medido y protegido de la humedad, la masa preparada con un uso cuidadoso del agua, los recipientes enjuagados con el mínimo desperdicio, la ropa secada donde hay sol, la ropa reparada donde no lo hay. Se cuenta el combustible. Se protege la mantequilla para que no se estropee. Se rinde el té. A menudo, la cocina se convierte en la habitación donde se toman decisiones, porque es la habitación donde todos se reúnen y donde las condiciones del día pueden revisarse en voz alta.

Para el niño que volverá a la escuela en primavera, el invierno no es un intervalo vacío. Es la estación en la que se refuerzan habilidades prácticas: cargar peso sin derramar, hacer nudos que se mantengan, conservar las manos funcionales en el aire frío, moverse con un calzado que se endurece de la noche a la mañana y ajustar el ritmo para evitar sudar, porque luego el sudor se congelará. No se presentan como lecciones de carácter. Son competencias básicas, tan ordinarias como aprender un horario.

Leer las condiciones antes de la salida de primavera

Juicio del tiempo y una ventana estrecha

El viaje de primavera comienza con la observación. Antes de que alguien pise una ruta que puede implicar hielo, pasos estrechos y refugio limitado, las familias comprueban las condiciones. Las comprobaciones son sencillas en herramientas, pero cuidadosas en método: observar el movimiento de las nubes, notar la dirección del viento, mirar la nitidez de las crestas lejanas, escuchar cambios del tiempo que llegan como sonido antes de llegar como nieve. En muchas familias, un padre o un mayor asume la responsabilidad de decidir cuándo es lo bastante seguro empezar. Ese juicio no se trata como intuición. Se trata como responsabilidad.

La salida se retrasa si la visibilidad es mala, si una nevada reciente enmascara el hielo antiguo o si la temperatura cambia de un modo que vuelve las superficies poco fiables. También se retrasa si el grupo no puede avanzar lo bastante rápido como para llegar a una parada conocida antes de que anochezca. El tiempo importa porque la noche cambia la ruta. El hielo se endurece en algunos lugares y se vuelve más resbaladizo en otros. La nieve puede formar una costra y luego romperse bajo los pies. El viento puede borrar las huellas. En esas condiciones, “esperar un mejor día” no es pereza. Es gestión del riesgo.

El equipaje sigue la misma lógica. La comida se elige por densidad calórica y duración: pan plano, productos secos, sal, a veces una pequeña cantidad de azúcar. La ropa se elige por capas y se prueba por su función: guantes que permitan agarrar, calcetines que puedan cambiarse, una capa exterior que corte el viento. Se revisa una linterna. Se revisa una cuerda. Se levanta la mochila para confirmar el peso. El objetivo no es la comodidad. El objetivo es poder moverse de forma constante durante horas sin perder manos, pies ni tiempo.

El viaje de primavera del pueblo al internado

Ríos helados, orillas estrechas y un ritmo controlado

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En algunos valles, no se pueden usar vehículos en absoluto al comienzo de la temporada. La ruta se convierte en la línea que permanezca abierta. Esto puede significar seguir el corredor del río—a veces por la orilla, a veces sobre la propia superficie helada—porque las laderas sobre el río pueden cargar nieve y roca, y porque los senderos laterales pueden desaparecer bajo los ventisqueros. La ruta del río se elige por continuidad, no por espectáculo.

La superficie exige una evaluación constante. El hielo no es uniforme. Hay secciones opacas que son más gruesas y secciones más claras que pueden ser más delgadas. Hay crestas formadas por desbordamientos que se congelan en capas. Hay parches donde el agua en movimiento socava la costra. Hay lugares cerca de curvas y estrechamientos donde la corriente sigue siendo fuerte. Quienes conocen la ruta prestan atención al sonido y a las señales visuales: la textura del hielo, la presencia de grietas, la manera en que la nieve se asienta sobre la superficie, la humedad que indica flujo por debajo.

El movimiento se organiza para reducir el error. Se mantiene la separación entre caminantes para que un resbalón no se propague. La colocación del pie es deliberada. Las pausas son cronometradas y cortas. Las correas se ajustan antes de que se aflojen demasiado. Cuando las cargas son pesadas, a veces se arrastran en un trineo sencillo para reducir la tensión. Un trineo resuelve un problema y crea otro: puede engancharse en las crestas, volcar en tramos irregulares y arrastrarse detrás en un ángulo que saca al guía de la línea. La cuerda debe sostenerse con un agarre que siga siendo posible incluso cuando los guantes se endurecen. La carga debe atarse para que no se mueva y no desgaste la tela.

La distancia importa menos que alcanzar una parada viable antes de que se apague la luz. La gente mide el día mediante hitos conocidos: un ensanchamiento del valle, una curva con mejor apoyo, un saliente que ofrezca resguardo del viento. Cuando la ruta no tiene salidas fiables, el plan del día se vuelve más rígido. El grupo avanza porque detenerse en el lugar equivocado puede significar exposición y falta de refugio.

Paradas nocturnas y el trabajo del refugio

Cuevas, salientes y salidas al amanecer

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Si el cruce dura más de un día, la parada nocturna se elige por función. Una cueva o un saliente rocoso puede ofrecer protección contra el viento y un límite que evita que la nieve rellene la zona de descanso. La superficie interior rara vez es plana. Puede haber polvo y hollín de paradas anteriores. Puede haber rastros de animales. El aire puede seguir siendo frío y seco. La gente usa lo que tiene: una capa para el suelo, ropa de cama, tela extra para separar la piel de la roca y una colocación cuidadosa de los objetos para que no se congelen en formas inútiles por la mañana.

La comida se maneja para evitar pérdidas. El agua se administra con cuidado. Si hay combustible, se usa con moderación. Si no lo hay, el calor proviene de la ropa por capas, la respiración controlada y el agrupamiento cercano que reduce la superficie expuesta. Las botas se mantienen lo bastante cerca para evitar que se congelen rígidas a distancia. Se revisan los guantes. Se revisan las linternas. El movimiento del día siguiente se planifica con las mismas limitaciones que el primero: empezar temprano, aprovechar las horas más firmes del día y apuntar a un lugar donde el refugio sea posible si las condiciones cambian.

La mañana se construye con tareas rápidas. Se vuelven a atar las cargas. Se prueban las correas. La ruta se reevalúa en la primera curva o en el primer tramo expuesto. Si el grupo cuenta con un adulto experimentado, el ritmo se controla para evitar sudar, porque luego llega el frío. Aquí es donde se muestra la disciplina del viaje: no mediante discursos, sino mediante pequeñas correcciones repetidas que mantienen al grupo en movimiento.

En el internado, el ciclo se vuelve visible

Rutinas escolares y el próximo regreso ya incorporado

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La llegada al internado es una transición hacia otro horario. Se sacude la nieve de la ropa. Se separan los objetos húmedos. Se extiende la ropa de cama. Se revisan los cuadernos por humedad y daños. Manos que pasaron días en cuerda y hielo ahora manejan bolígrafos y botones. El niño entra en un horario marcado por campanas y aulas. El cambio es práctico e inmediato. Las comidas aparecen a horas fijas. Se pasa lista. Las clases comienzan tanto si la ruta fue fácil como si fue dura.

El viaje de regreso no desaparece cuando el niño se sienta en un pupitre. Está presente en la manera en que se guardan y mantienen los suministros, porque el hogar sabe que el niño volverá a viajar. La ropa debe durar. Las mochilas deben conservar sus costuras. Las linternas deben seguir funcionando. Cuando termine el trimestre, el niño volverá al pueblo antes de que el invierno cierre el valle otra vez. Ese regreso de otoño no es una historia aparte. Es la otra mitad del mismo arreglo.

Visto desde fuera, el largo camino de vuelta a la escuela puede confundirse con un único cruce dramático. En la práctica es una ruta repetida en dos direcciones, atada a las estaciones y a los límites de la infraestructura. Antes del invierno: del internado al pueblo. Cuando la primavera vuelve a abrir la ruta: del pueblo al internado. El año gira, el hogar vigila las condiciones y el niño se mueve cuando moverse es posible.

Sidonie Morel es la voz narrativa detrás de Life on the Planet Ladakh,
un colectivo de narración que explora el silencio, la cultura y la resiliencia de la vida himalaya.